14 de marzo, Buenos Aires
V. todavía no llegó. Me llamó a la tardecita para avisarme que estaba en Mendoza. Ok, boludo. La próxima avisá. Digo, como para saber que no te moriste por el camino.
Todo el día de hoy fue medio raro. Al final, acabamos saliendo con los brasileros a tomar algo. Y lo pasamos bien, eh... pero estábamos sólo L. y yo, y entonces sentí que todo había terminado.
Si hace un tiempo pensaba que eso podía pasar, que no íbamos a disfrutar más el tiempo juntos, que íbamos a preferir alejarnos, tener otros amigos, hacer otras cosas, en otros lugares, y no tener siquiera interés en compartirlo entre nosotros posteriormente, me hubiera ganado la desilusión. Extraño esa confianza que teníamos, esa sensación de que el mundo estaba en nuestras manos, y de que teníamos la vida por delante, y juntos.
Y hoy, que sentí que todo ya era nada, sólo estuve triste. Nada más. Ni bronca me dio.
No hay que menospreciar la tristeza. A veces, cuando el mundo, que iba a ser nuestro, se hace agua, y se escurre entre los dedos, y cuando ya no atinamos ni a cerrar la mano para evitarlo... la tristeza salva. Al fin, de todo lo que se va, es lo único que queda.