Buenos Aires, 20 de marzo
La ciudad acelera.
Hoy no sonó la alarma, y me desperté tarde (por lo demás, no tan inusual...). Ya venía pasada, de dos días de dormir apenas unas tres horas y algo (rutina cotidiana durante el año lectivo... siesta nocturna, le digo yo). La cosa es que tuve que tomarme un taxi (gastando parte del bono que intento ganar llegando a tiempo...). Llegué y 59, directo al "Auto-In".
Las primeras horas, como siempre, fueron, dentro de todo, tranquilas. Pero ya al final del día había trabajo de más. Faltaron 3 de los 5 que debíamos ser. Por lo demás, hablé en español, inglés, portugués y medio francés en literalmente 4 gestiones, una atrás de la otra. Salí a las 12 en punto, corriendo, diría, y con la cabeza desordenada en varios idiomas.
En general me voy caminando hasta Florida, y ahí me tomo la B. Para despejar un poco la cabeza en esas cuadras, y además para evitar la combinación, y para llegar rápido. Pero a veces esas cuadras más que un despeje son como una carrera de obstáculos, entre calles rotas y sus respectivos escombros, arbolitos cada 10 metros, oficinistas en hora de almuerzo, los que salen a fumarse el pucho y los turistas a media por hora y caminando en zig zag y un extenso etcétera por el estilo. En días como hoy, un amague de tropezón o choque seguido por quince minutos de encierro bajo tierra me pueden llegar a volver loca. No queremos correr ese riesgo. Preferí tomarme el 26, y por lo menos ir sentada escuchando música y mirando por la ventanilla.
Claro, llegué bastante más tarde de lo normal, y por ende con menos tiempo para hacer las cosas que tenía que hacer antes de salir para la facu. Me calenté la comida en el microondas, y en 7 minutos estaba en el puchito de postre mientras organizaba el resto del día.
De pronto me di cuenta que iba tan rápido que no podía organizar nada. Y claro, es que uno no se da cuenta. El transporte, la cantidad de gente, el tránsito, etc., son sólo una parte del ritmo de la ciudad. Pero hay otra parte, la consecuencia de todo eso, que no se ve. La parte del hoy. Porque siempre la gente viajó, y sin embargo no siempre la vida fue a este ritmo.
Y es que uno desayuna corriendo para salir a tiempo, sale corriendo para llegar a horario, termina el trabajo corriendo para poder seguir con más trabajo, sale de break y fuma corriendo para llegar a ir al baño, mea corriendo para no pasarse de break, corriendo se toma un café porque no desayunó bien, sale corriendo para llegar a comer a tiempo, come corriendo para poder hacer las cosas del día, hace las cosas a las corridas para terminarlas a tiempo antes de salir de nuevo, corriendo...
Y entonces ya no come, calienta comida al microondas porque es más rápido. Y entonces ya no es comida, es un snack que se cocina en un minuto. Y mal comido y mal dormido el cuerpo y la cabeza no funcionan, y entonces siempre va corriendo atrás del tiempo: no estudia, repasa; no llama por teléfono, manda un mensajito; no sale a hacer compras, compra algo para tener cuando vuelva; no se baña, se ducha; no mira un noticiero, hojea un diario online; no lee un libro, busca un resumen; no lava ropa, mete un par de cosas al lavarropas para vestirse al día siguiente y ya. Y vuelve a casa tarde, y agotado, y no se va a dormir... se tira unas horas. Uno come corriendo, habla corriendo, camina corriendo, mea corriendo, lee corriendo, y hasta duerme corriendo. Uno vive tan corriendo que ya no vive.
Da para pensar. Toda nuestra vida está preparada para que las cosas sean más efectivas. Y la efectividad entiende a la "calidad" de otra manera: rápido y en cantidad. Cuánto más y más rápido, más efectivo. Y resulta que, a medida que todo es más rápido, uno tiene que adecuarse a eso. Sus alimentos, sus ropas, sus transportes, sus medios de comunicación se adecúan a eso. Y su rutina también. Toda la vida se acelera, y se acelera de tal manera que acaba por acortarse.
El hombre es como una máquina que va a más revoluciones de las que su propio motor le permite. Claro, durante un tiempo trabaja bárbaro. Pero la máquina se va deteriorando, y la producción le exige cada vez más revoluciones. Y no hay trabajo de mantenimiento porque eso exige parar la máquina, y el ritmo ya no lo permite. Y no hay máquina que dure demasiado sin mantenimiento y trabajando por encima de su capacidad. Rinde y rinde y rinde hasta que se rallenta hasta aquietarse. En el mejor de los casos; en el peor, no se llega a rallentar. Se sobreexige a tal punto que acaba por quemarse el motor.
Decidí que no, dejé todo arriba de la mesa y me fui a dormir.